L'Aubier lleva 45 años demostrando que una granja biodinámica puede sostenerse sin bancos anónimos, sin cotización bursátil y sin que el capital mande. Lo que construyeron no es un experimento. Es una arquitectura jurídica y financiera que pasó por crisis, deudas de millones, la muerte de un cofundador, y la transmisión a una nueva generación — y sobrevivió todo esto con sus valores intactos.
"Economía asociativa" aparece en libros sobre Steiner. En conversaciones de movimientos biod. En seminarios sobre triformación social. Siempre como concepto que abre el horizonte, pero que queda flotando: difícil de imaginar en la práctica, difícil de señalar en el mundo real.
L'Aubier es la excepción. Es un caso real, documentado, verificable, con 45 años de historia contados en primera persona por su fundadora. Esta página recorre esa historia capítulo por capítulo, con énfasis especial en cómo se financia, cómo tomaron sus decisiones sobre el dinero y la propiedad, y qué significa concretamente la economía asociativa cuando tenés que pagar sueldos, devolver deudas y transmitir un proyecto a la siguiente generación.
Una aclaración antes de empezar: todo lo que leés aquí proviene directamente del libro L'Aubier: Toda una historia, escrito por Anita Grandjean, y de la documentación pública del sitio aubier.ch. No es interpretación editorial. Es el testimonio directo de quienes lo vivieron.
El libro de Anita Grandjean no es un manual ni un caso de estudio académico. Es un testimonio: el de alguien que estuvo desde el principio, tomó decisiones bajo presión, y vivió las consecuencias. Lo que sigue es un recorrido capítulo por capítulo, con las preguntas que cada etapa plantea a quien todavía está construyendo.
Philippe, Marc y Francis — un droguista, un físico y alguien con una práctica agrícola en el Emmental. Ninguno era granjero de carrera. Los tres rondaban los 20 años. Los padres de Philippe eran dueños de una pequeña granja en Montezillon, cantón de Neuchâtel, y pensaban que era momento de traspasarla.
Lo que unía a estos tres jóvenes no era la agricultura: era la insatisfacción con lo que sus estudios les habían dado, y la convicción de que se podía vivir de otra manera. Habían descubierto la biódinámica, habían visitado granjas en Escandinavia, y habían concluido: esto es lo que queremos hacer.
La granja tenía ocho vacas. El primer problema concreto: el leche biod no podía mezclarse con el del resto de la región y entregarse a la central lechera. La primera solución: crear una asociación de consumidores — el "GALB", Groupement des Amateurs de Lait Biologique — donde los clientes eran técnicamente "dueños" de las vacas y pagaban una cotización, no compraban leche. Una vuelta legal que les permitió vender directamente, cuando la ley lo prohibía.
"Producir leche biodinámica para mezclarla en la lechería con la leche llena de productos químicos de la región les era intolerable."
Anita Grandjean, del libroPara notar: El primer instrumento financiero-asociativo de L'Aubier no fue una decisión ideológica. Fue una respuesta a una restricción legal concreta. La creatividad jurídica emerge de la necesidad, no del diseño teórico.
El GALB — asociación de amantes de la leche biológica — es una de las primeras respuestas a una pregunta que L'Aubier se va a hacer durante décadas: ¿cómo hacer que el capital sirva a la iniciativa, y no al revés? En este caso: ¿cómo vender leche si la ley te lo prohíbe? La respuesta fue crear una forma asociativa donde los consumidores son parte del proyecto. Eso es economía asociativa antes de llamarse así.
Un edificio abandonado desde hacía siete años, justo al lado de la granja. Había sido una hostería con vista a los Alpes. Un inversor de Zúrich había llegado con una Mercedes blanca y corrían rumores: querían convertirlo en una discoteca.
Una discoteca a diez metros del establo. El proyecto de vida entero amenazado por lo que alguien más quería hacer con un edificio que no era de ellos.
Marc fue a hablar con el dueño. Precio: medio millón de francos suizos. Plazo: pocas semanas. Problema: ninguno de ellos tenía un centavo. El banco había rechazado meses antes abrir una cuenta corriente con un límite de CHF 5.000 para cubrir los gastos de arranque de la granja.
La respuesta fue una carta. Escrita a varias manos, en papel reciclado (importado de Alemania, porque en Suiza el papel reciclado de aquella época era deplorable), enviada a los clientes de la lechería, a amigos, familiares, y a cualquiera que pareciera "un poco verde" en el cantón. La carta explicaba la situación: la única granja certificada bio del cantón estaba en peligro. Si la discoteca se instalaba, tendrían que cerrar.
"Tas de personas retiraron su dinero de sus cuentas de ahorro para colocarlo en nuestro proyecto. Suficiente para que pudiéramos ir al banco a pedir el resto."
Anita Grandjean, del libroPara notar: El 24 de agosto de 1982, Marc firmó la promesa de compra con la condición de entregar el dinero antes del 15 de septiembre. Lo consiguieron. Sin banco, sin garantías formales, con una carta escrita en papel reciclado importado.
Conseguida la hostería, venía lo que parecía imposible: renovarla. Sin dinero. En ese momento se revela algo que va a ser estructural en L'Aubier durante décadas: la red de personas que creen en el proyecto y ponen tiempo, energía y habilidades antes de que el dinero llegue.
Amigos, voluntarios, gente de la red antroposófica que llegaba los fines de semana a limpiar, lijar, pintar. Anita describe las jornadas con detalle: filas de personas en los campos recogiendo papas mientras hablaban de literatura, cine y antroposofía. El gesto agrícola mezclado con la vida intelectual, sin separación entre los dos.
En 1984 abre la hostería. Pequeña, modesta, pero de ellos. El primer restaurante, los primeros huéspedes, el primer menú completamente orgánico del cantón.
Para notar: En esta fase aparece por primera vez Anita Grandjean como voz narradora que se suma al proyecto, con su marido Rémy. Él se convierte en el responsable financiero de la empresa durante 20 años. Su presencia —y luego su ausencia— marca el antes y el después de L'Aubier.
Entre 1980 y 1983, Marc Desaules y el grupo fundador trabajan en la pregunta más difícil: ¿cómo organizamos la propiedad y el capital de manera que la iniciativa mande, y no el dinero?
Todas las formas jurídicas del Código Civil suizo dan la última palabra a la mayoría: de personas (en las asociaciones y cooperativas) o de capital (en las sociedades anónimas). En cualquiera de estas formas, quien pone más dinero termina mandando. Eso era exactamente lo que no querían.
La solución que encontraron en 1983 tiene dos partes que trabajan juntas. Primero: una sociedad anónima con dos clases de acciones — las de CHF 1.000, para los socios capitalistas que quieren sostener el proyecto, y las de CHF 100, para los portadores de la iniciativa. Ambas tienen el mismo derecho a voto: una acción, una voz. Los responsables de la iniciativa compran suficientes acciones de CHF 100 para asegurarse la mayoría de los votos. El capital no manda.
Segundo: los portadores de la iniciativa forman una pequeña asociación interna de bien público, y le transfieren sus acciones mayoritarias. Así, si uno de los fundadores muere o se retira, sus acciones no son heredadas por sus hijos ni compradas por alguien externo: se quedan en la asociación que porta el ideal fundacional. El proyecto no puede ser capturado por el mercado ni por los vínculos de sangre.
"La mayoría de los votos en la asamblea general fue confiada a una pequeña asociación interna, cuyo fin ideal asegura la perennidad de la orientación de la empresa."
Marc Desaules, cofundador, del libroPara notar: El precio de emisión de las acciones nominativas de L'Aubier es CHF 1.111 desde 1985. No ha cambiado en 40 años. Esa estabilidad es parte del mensaje: no somos un activo financiero. Somos una iniciativa.
Esa es exactamente la pregunta que Marc Desaules y el grupo fundador de L'Aubier se hicieron durante tres años. Y la respuesta que encontraron no fue ideológica: fue una ingeniería jurídica concreta que tardó tres años en construir y que sigue funcionando hoy. La pregunta no es "¿creés en la economía asociativa?". La pregunta es: ¿cuál es tu estructura legal si el día de mañana un inversor quiere comprar tu granja?
A principios de los años 90, L'Aubier estaba en plena expansión: nueva granja, nuevo hotel en construcción, el restaurante funcionando, múltiples obras simultáneas. Y entonces llegó la crisis financiera europea. Las tasas de interés bancarias subieron hasta el 10% con comisiones incluidas. Para L'Aubier, eso significaba un millón de francos suizos de intereses anuales — imposibles de cubrir con los ingresos del restaurante.
El golpe de gracia: el banco neuchâtelois que tres años antes había venido personalmente a ofrecerles financiamiento, en plena construcción del hotel — con el pozo ya cavado — se negó a consolidar los créditos existentes y a otorgar el crédito necesario para terminar la obra. L'Aubier quedó con un agujero en la tierra, sin financiamiento, y sin ninguna certeza de salir adelante.
"Es en esos momentos existenciales que comprendimos visceralmente lo que significa tener enfrente a personas sentadas sobre una caja fuerte con el poder de levantar o bajar el pulgar como emperadores romanos."
Anita Grandjean, del libroLa decisión que tomaron en las horas siguientes a ese rechazo bancario define lo que es L'Aubier hasta hoy: construir el hotel prescindiendo de los bancos, financiándose con personas privadas. Y lo lograron. Porque esas personas los conocían, habían creído en ellos, y no querían ver cómo su dinero desaparecía con el proyecto.
Para notar: "Los conocíamos. No queríamos decepcionarlos." Esa frase de Anita describe el motor real de la responsabilidad financiera de L'Aubier durante su década más difícil. No era la deuda con el banco. Era la deuda con personas reales que habían confiado.
En 1991, en el mismo año, L'Aubier inaugura la nueva granja biodinámica, el hotel ecológico de 15 habitaciones, y el restaurante renovado. Una construcción pionera en materiales ecológicos: muros de ladrillo de 36 cm, aislamiento con celulosa reciclada, recuperación del calor de los refrigeradores para calentar agua sanitaria, ventilación sin climatización. Décadas antes de que "sustentabilidad" fuera un argumento de marketing.
El arquitecto Kurt Hofmann, que había confiado en el proyecto desde sus inicios, diseñó los edificios integrándose al paisaje en lugar de imponerse. La granja nueva tiene un techo único que cubre el establo, la quesería y la vivienda, con paneles solares integrados que producen la electricidad de toda la operación agrícola.
Para notar: El sobrecosto de construir de esta manera fue del 10 al 15% respecto a la construcción convencional. L'Aubier lo pagó. "Esto fue también la razón por la que pudimos encontrar a nuestros prestamistas y accionistas", escribe Anita. El compromiso visible con los valores atrae a quienes comparten esos valores.
A mediados de los 90, L'Aubier tiene un balance de casi 20 millones de francos suizos. Las tasas bancarias siguen siendo insostenibles. La única salida: reemplazar sistemáticamente la deuda bancaria con préstamos privados — personas que prestan directamente, a tasas más bajas, sin la lógica del control anónimo.
Fue casi un trabajo de tiempo completo. Anita describe años sin vacaciones, sin fines de semana, trabajando con menos personas de las necesarias, para no defraudar a quienes habían creído en ellos. Dos donadoras ayudaron a salir de las deudas más difíciles.
Pero algo fundamental se consolidó en esos años: una red de más de mil personas que financiaban L'Aubier directamente. No inversores anónimos buscando rentabilidad. Personas con nombre y apellido que sabían adónde iba su dinero y podían ver lo que sostenían.
"El financiamiento nos abrió a una fraternidad todavía muy rara: el partenariado financiero con personas de carne y hueso que no financian por afán de poder ni por interés personal, sino para sostener una idea que sienten como portadora de futuro."
Anita Grandjean, del libroPara los 20 años del proyecto, L'Aubier hizo algo improbable: invitó a sus 500 socios y amigos a sembrar un campo de trigo a mano, con el gesto augusto del sembrador. El payaso suizo Dimitri acompañó la jornada.
No fue un evento de marketing. Fue un rito: el acto de sembrar dedicado a la humanidad, con un carácter sagrado según las propias palabras del libro. La red de sostén financiero se volvió visible y corporal por un día.
Para notar: Las asambleas generales de L'Aubier no son juntas de accionistas convencionales. Son encuentros donde "se cuenta la vida, la historia de las actividades, las nuevas iniciativas, las preocupaciones y los éxitos". Los números están presentes como órgano de percepción, no de control. Esa diferencia es la diferencia entre economía asociativa y capitalismo.
El paso al año 2000 fue para L'Aubier el momento de hacer un balance de dos décadas. La biódinámica como fuerza que había elevado toda la empresa hacia arriba. La estructura jurídica ya probada. Y la consolidación de un instrumento nuevo: las obligaciones nominativas de L'Aubier Partenaires, lanzadas en el año 2000.
Las obligaciones permiten a personas que tienen capital disponible prestarlo directamente a L'Aubier por 5 años, a un interés del 1% anual, garantizado por los inmuebles. Sin bolsa. Sin intermediario anónimo. Con nombre y apellido del prestamista y del receptor.
El mundo afuera se endurece: Internet en todos los bolsillos, el fin de la rebeldía de los 70–80, la era del cinismo y la desconfianza. L'Aubier describe esa atmósfera con lucidez: "Entramos en la era de la mentira y el miedo es su amo." Pero en el microclima de Montezillon, la alternativa seguía creciendo.
No se trata de tener respuesta hoy. Se trata de que esa pregunta sea real y concreta. L'Aubier empezó con una carta a los clientes de la lechería y amigos "un poco verdes" del cantón. Hoy tiene 550 obligacionistas y más de 1.000 accionistas. Ninguno llegó de un día para el otro. Llegaron construyendo confianza durante décadas, con transparencia de cuentas y rendición de cuentas humana, no anónima.
El 6 de febrero de 2005, Rémy Grandjean — el marido de Anita, responsable de la contabilidad y de la gestión de accionistas, prestamistas y obligacionistas durante 20 años — murió a los 62 años mientras esquiaba en los campos nevados de Montezillon.
El capítulo dedicado a Rémy es breve y contenido. Pero su peso es enorme en la estructura del libro: es el primer momento en que la muerte toca al núcleo fundador, y el primer test real de la estructura jurídica. ¿Podía L'Aubier sobrevivir la pérdida de quien había construido y sostenido toda la arquitectura financiera?
Podía. La estructura estaba diseñada para eso: las acciones no se heredaban automáticamente. La asociación interna absorbía el impacto. Christoph entró al equipo directivo. Victor y Tiziana tomaron la contabilidad y los recursos humanos. El proyecto continuó.
"Rémy portait efectivamente mucho. Su gran fuerza tranquila, su ecuanimidad, su humor hicieron mucha falta."
Anita Grandjean, del libroPara notar: La estructura que Marc Desaules diseñó en 1983 fue pensada explícitamente para esto: que el proyecto sobreviva "los azares de la herencia". Funciona. Este capítulo es la prueba.
En 2005, cuando Suiza anuncia una moratoria sobre cultivos OGM, L'Aubier lanza una campaña de apoyo: "Semer l'Avenir". Cada año, una acción — sembrar campos de variedades tradicionales, distribuir semillas, conectar productores y consumidores en torno a la cuestión de quién controla la semilla.
La campaña llegó hasta el Tribunal Federal y los jardines del Parlamento en Berna. Una semilla es una afirmación: decimos que la vida no pertenece a ninguna patente.
En 2004, la granjera del predio vecino enviuda y decide vender. Ueli, entonces responsable de la granja de L'Aubier, la visitaba de tanto en tanto. Cuando ella los contacta, L'Aubier dice sí sin saber todavía exactamente qué van a hacer.
Lo que construyeron es "Les Murmures": 21 apartamentos en 4 edificios nuevos más la renovación de la antigua granja central. Diseñados para ser intergeneracionales: familias jóvenes, personas mayores, activos en distintas etapas de la vida. La solidaridad entre generaciones como arquitectura, no como eslogan.
La pregunta de fondo, que el libro formula sin rodeos: ¿es posible que personas se instalen en un lugar no por su interés personal, sino para sostener y desarrollar una iniciativa que tiene sentido para el mundo? ¿Puede la comunidad de vivienda ser también comunidad de valores?
Para notar: Les Murmures fue ofrecido a los accionistas de L'Aubier como primera opción de compra. El círculo financiero y el círculo comunitario se superponen deliberadamente. Quien sostiene económicamente el proyecto puede también vivir en él.
Los 30 años de L'Aubier coinciden con la madurez del proyecto. La academia Montezillon ya funciona con seminarios sobre economía, pedagogía, biódinámica, y el ciclo "Les Couleurs de l'argent" — los colores del dinero — donde se trabaja el dinero como categoría espiritual, no solo económica.
Los pabellones del hotel — construidos sobre pilotes, traídos en camión desde el Jura y depositados con helicóptero en los pilares ya instalados — duplican la capacidad de alojamiento. Una imagen que Anita describe como un día memorable en la historia del proyecto.
Desde los primeros años del proyecto, uno de los deseos fundadores era una escuela Steiner/Waldorf en el cantón. Anita y sus amigas habían asistido a conferencias sobre pedagogía Waldorf desde 1979. La escuela tardó décadas en materializarse, pero cuando llegó a Montezillon, fue en el contexto vivo de una comunidad que ya existía, con valores compartidos y una granja donde los niños podían aprender en contacto con la tierra.
El libro cierra con L'Aubier en su 40° aniversario, en plena pandemia de COVID-19. La asamblea general de abril 2020 fue cancelada. 40 colaboradores fueron enviados a trabajo reducido. Pero el proyecto no se detuvo.
Lo que el cierre del libro pone en primer plano es la transmisión: Ueli Hurter, responsable de la granja durante décadas, anunciaba su salida. Filippo Valvassori, agrónomo biod y quesero, tomaba las riendas. La transmisión no fue una venta. Fue una donación de responsabilidades, como dicen los estatutos: "la calidad de la persona, su compromiso, su manera de percibir el espíritu de la casa" como criterio, no el dinero.
"¿Si esto es posible, solo el futuro lo dirá. Pero es la razón por la que L'Aubier tomó el riesgo de lanzarse."
Anita Grandjean, del libroLo que sigue no es teoría. Son los mecanismos concretos, verificables en el sitio aubier.ch, con los que L'Aubier financia sus operaciones desde hace décadas — sin bancos anónimos, sin cotización bursátil, con personas reales que ponen su nombre.
Esto es lo que Marc Desaules y el grupo fundador construyeron entre 1980 y 1983. Cada paso resuelve un problema concreto que las formas jurídicas convencionales no podían resolver.
En cualquier sociedad anónima convencional, quien pone más dinero tiene más votos. L'Aubier creó dos clases de acciones — CHF 1.000 y CHF 100 — con el mismo derecho a voto cada una. Los portadores de la iniciativa compran suficientes acciones de CHF 100 para tener la mayoría de los votos, incluso aportando mucho menos capital que los socios externos. El dinero financia pero no dirige.
Los portadores de la iniciativa forman una pequeña asociación interna y le transfieren sus acciones mayoritarias. Cuando uno de ellos muere o se retira, sus acciones no pasan a sus hijos ni pueden ser compradas por externos: permanecen en la asociación que porta el ideal. El proyecto queda protegido de los "azares de la herencia" — frase literal del libro.
Si L'Aubier necesita más capital y emite nuevas acciones de CHF 1.000, ¿cómo mantiene la asociación interna su mayoría? Cada nuevo accionista, al comprar una acción de CHF 1.000, paga también una acción de CHF 100 que va automáticamente a la asociación mayoritaria. Precio total: CHF 1.111. Sin cambios desde 1985.
Las asambleas generales no son juntas de accionistas que controlan la gestión. Son encuentros donde "se cuenta la vida": las iniciativas, las dificultades, los logros. Los números están presentes como órgano de percepción, no de control. Los accionistas son socios, no analistas financieros.
No hay un consejo de administración que define las reglas y una dirección que las ejecuta. Son las mismas personas. Cada responsable de sector tiene su propio presupuesto y sus propias cuentas, con reuniones semanales de transparencia total. "Más auténtico, más verdadero, más humano", dice el libro.
¿Cómo se convierte alguien en el nuevo responsable de L'Aubier? No comprando su parte. Recibiéndola. Sin dinero de por medio. El criterio es "la calidad de la persona, su compromiso, su manera de percibir el espíritu de la casa". La transmisión es un acto social, no una transacción económica.
L'Aubier pidió exención impositiva para su sociedad anónima con el argumento de que sus actividades comerciales son desinteresadas y sirven al bien general. Las autoridades fiscales de Neuchâtel lo reconocieron parcialmente. "Un éxito inaudito", dice el libro. Una panadería que sirve al bien común debería tener el mismo tratamiento que un hospital.
Rudolf Steiner, en su curso de economía de 1922, distinguía tres tipos de dinero según su función en el organismo social: el dinero que circula (compra y venta corriente), el dinero que presta servicio (capital de crédito que financia la iniciativa y retorna) y el dinero que se dona (capital que se entrega para sostener lo que tiene valor social pero no puede subsistir en el mercado libre).
La economía asociativa propone que estas tres funciones sean reconocidas explícitamente, y que los actores económicos — productores, consumidores, intermediarios — se reúnan en asociaciones para fijar precios justos no por la ley del mercado sino por acuerdo consciente sobre lo que cada actividad necesita para sostenerse.
Las obligaciones nominativas son dinero de préstamo en el sentido pleno: capital que presta un servicio y retorna con un interés modesto, sabiendo adónde fue. Las donaciones a la Fundación son dinero donado: capital que se desprende del ciclo económico para sostener investigación y formación que el mercado no financiaría. Las acciones nominativas son algo más difícil de categorizar — son capital de apoyo, capital que renuncia al poder a cambio de sostener una idea.
Pero hay algo más profundo: las asambleas generales de L'Aubier son, en miniatura, el "asociación" que Steiner tenía en mente. No una junta de inversores que controlan. Una reunión de personas que comparten un interés en que algo exista y prospere, y que toman decisiones juntas sobre cómo sostenerlo.
"L'Aubier es el ejemplo de lo que podría y debería reemplazar la propiedad privada de empresas."
Marc Desaules, cofundador — del libroEl contexto suizo es diferente. Las cifras son diferentes. Los instrumentos jurídicos son específicos del derecho helvético. Pero los principios no dependen del derecho suizo.
La pregunta "¿cómo crear una estructura donde el capital sirva a la iniciativa y no al revés?" es universal. La pregunta "¿cómo financiarse con personas que conocen tu proyecto en lugar de con bancos anónimos?" es universal. La pregunta "¿cómo transmitir el proyecto a la siguiente generación sin que sea una venta?" es universal.
Las granjas biodinámicas sostenidas por asociados que Editorial Biodinámica está ayudando a construir en Argentina enfrentan exactamente estas preguntas. L'Aubier no es el modelo a copiar. Es la prueba de que estas preguntas tienen respuesta.
En el catálogo de Editorial Biodinámica: Los dos textos fundacionales de la CSA en español — Sharing the Harvest (Henderson/Van En) y Farms of Tomorrow Revisited (Groh/McFadden) — son los únicos libros en español sobre el tema. L'Aubier es el caso europeo que demuestra que estos principios funcionan en el largo plazo.
Esa es la diferencia central entre la deuda bancaria anónima y el financiamiento asociativo. No es solo una cuestión de tasas de interés. Es una cuestión de quién sos para quien te financia: un número de cuenta o una iniciativa con nombre y dirección.
L'Aubier sobrevivió su crisis más grave no porque tuviera mejores garantías que los bancos exigían. Sobrevivió porque no quería decepcionar a personas que los conocían y habían creído en ellos. Esa responsabilidad — personal, directa, sin red de anonimato — es el núcleo de la economía asociativa en la práctica.
Lo que leíste en esta página es un resumen. El libro de Anita Grandjean tiene 192 páginas de testimonio directo: las crisis con los bancos contadas con nombres y fechas, las cartas escritas en papel reciclado, las noches sin dormir, las asambleas donde los números eran presentados como vida y no como control, la muerte de Rémy, la llegada de Filippo, el COVID.
Es el único relato completo en español sobre un proyecto de economía asociativa en funcionamiento durante cuatro décadas. Prologado por Mauro Colagreco.
Disponible en Editorial Biodinámica — el único sello en español con acceso exclusivo a los textos fundacionales de la CSA biodinámica en el mundo.